Nadia Zouari, un Pulgarcito soñador, dispersa los elementos de un universo destrozado. De la coherencia inicial, solo quedan elementos dispersos y el recuerdo de una unidad perdida. Siguiendo el hilo de esta Ariadna desorientada, restaurar el todo a partir de las partes multiplicadas, armonizar el caos destrozado es una tarea lenta y paciente. Se desarrolla en diferentes partituras, evoluciona en escalas temporales no lineales y obedece a lógicas a veces opuestas.
El elemento principal, el punto de partida de la búsqueda, el punto inicial es el mismo y, sin embargo, diferente. Piezas de un rompecabezas diabólico, se multiplican, se entrelazan, se superponen, se vuelven a veces gigantes o liliputienses, se funden con el fondo o resaltan en tres dimensiones, juegan con el monocromo o se adornan con oro y plata, se vuelven raras o prolíficas. El espacio se pliega a su capricho, generoso en grandes lienzos abiertos, riguroso en formatos pequeños y concentrados. Nadia Zouari, cuya delicada obra era reconocida y cuya pintura había evolucionado hacia una supresión gradual y poética de formas y figuras, esta vez toma las riendas. Para sus lúdicos rompecabezas, ofrece soportes de mortero, polvo de mármol, arena y yeso, sin dudar en mezclar los materiales, experimentando con combinaciones audaces e improbables hasta encontrar la consistencia, el relieve y la presentación ideales. Las aproximadamente 4.000 piezas que ha manipulado parecen tener vida propia: algunas han optado por la austeridad del blanco y negro y un estilo gráfico severo. Otras explotan de color sobre fondos blancos inmaculados. Otras son discretas, dando paso al recuerdo de personajes que emergen del limbo de la memoria de un artista.
Alya Hamza (Periodista y Crítica de Arte)
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