A menudo digo que veo el retrato como un acto ético y profundamente humano. Esta afirmación resume un aspecto clave de mi método de trabajo y mi comprensión de la pintura.
Vivimos en una era donde vemos cientos de caras cada día. Las encontramos en pantallas, en redes sociales, en fotografías que aparecen y desaparecen constantemente. Y sin embargo, rara vez nos tomamos el tiempo de mirarlas realmente. Rara vez dedicamos a otra persona nuestra atención completa.
Fue precisamente esta necesidad lo que dio origen a esta exposición: el deseo de ralentizar la mirada.
Cada retrato que ven aquí se basa en un encuentro de la vida real. Las personas que aparecen en estas obras son amigos, familiares o personas de mi círculo personal que estuvieron dispuestas a pasar tiempo conmigo en mi casa. Para mí, una pintura comienza mucho antes del primer trazo. Comienza con dar la bienvenida a alguien a mi casa, con conversaciones, con momentos compartidos de silencio y con la experiencia compartida del tiempo.
Pinto a partir de un modelo vivo porque necesito esa sensación de presencia. Es importante para mí que se desarrolle una conexión humana genuina entre yo y la persona que estoy retratando. Durante estas sesiones, a menudo ocurren momentos muy sutiles: gestos involuntarios, momentos de cansancio, calma, vulnerabilidad o reflexión. Estos son momentos que pueden pasarse por alto fácilmente, pero contienen una gran verdad emocional.
No estoy interesado en una reproducción exacta de la apariencia exterior. No quiero simplemente copiar una cara. Lo que me interesa es algo más profundo: la experiencia de sentarse verdaderamente cara a cara con otra persona. Intento capturar lo que emerge cuando alguien deja de posar y simplemente está presente.
El enfoque aquí está en lo invisible: en la empatía, en la conexión humana genuina, en aquello que no se puede poseer pero que da significado y profundidad a la vida. Para mí, este acto también encarna una postura política y existencial: la convicción de que cada ser humano merece ser visto con sinceridad y atención.
Por eso, para mí, cada retrato es también un testimonio de una relación. Es un rastro del tiempo pasado juntos. Cada imagen preserva algo de una conversación, de confianza y del encuentro que tuvo lugar en mi casa.
Aunque cada obra representa a una persona específica, mi objetivo nunca ha sido contar la historia de esa persona por sí sola. Me interesa cómo el individuo puede convertirse en algo universal. Las emociones que surgen en estos retratos —vulnerabilidad, melancolía, esperanza, incertidumbre o el deseo de ser visto y comprendido— son experiencias que todos compartimos en algún momento de nuestras vidas.
El título de la exposición, *What Matters* (Lo que Importa), surgió precisamente de esta línea de pensamiento. Después de cada encuentro, después de cada sesión y después de cada pintura, me pregunto qué queda realmente. Y he llegado a la conclusión de que no es ni un gesto particular ni una expresión capturada. Lo que queda es el rastro emocional dejado por un encuentro genuino. Lo que queda es la experiencia de ser visto y de haber visto verdaderamente a otra persona.
En un mundo que nos empuja constantemente hacia la velocidad y la distracción, estas obras nos invitan a mirar más despacio. A tomarse el tiempo de mirar una cara. Y a descubrir que detrás de cada persona yace un mundo complejo, vulnerable y profundamente humano.
Espero que, mientras recorre la exposición, pueda sentir algo de los encuentros que dieron origen a estos retratos, y quizás incluso reconocer un poco de usted en ellos.
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