Desde que exhibió con discernimiento y sin hacer la más mínima concesión a las modas, Michel Henricot ha definido perfectamente su propio dominio; el de los seres sonámbulos, que nos presenta en estado de levitación o ingravidez. Los cuerpos se ubican entre la vigilia y el sueño. A veces desnudos, a veces envueltos en bandas como las momias del antiguo Egipto, se sumergen en un trance. El tiempo no tiene control sobre ellos y la materia no parece importarles, porque podemos ver a través de ellos. Debemos ir más allá y considerar que pertenecen al mismo tiempo a la vida y a la muerte. Prometidos a largo plazo, parece que están llegando a un acuerdo con sus dos estados con serenidad. Hay en esta pintura una maestría que queremos calificar de arbitraria, pura, esencial. La elegancia también se adorna con una bella y lasciva magia, debido a un material al que la cera parece dar una fluidez muy particular.
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